El día antes de fin de año

El día antes de fin de año Lola decidió poner algunas cosas en orden, aquellas que siempre dejaba para “mañana”. Empezó por recopilar todos los documentos que demostraban su experiencia académica y laboral, no eran pocos; por una parte gracias a los múltiples contratos temporales, por otra gracias a la variedad de cursos de formación que había hecho para ampliar su currículum. Con todos esos papeles hizo una montaña y les prendió fuego; sentándose a su alrededor observando las llamas, azules, intensas, hipnóticas. 

Era domingo y era el día antes de fin de año. Las tiendas estaban abiertas y las calles parecían alcantarillas en hora punta, pensó Lola. Acercó las manos al fuego para sentir el cálido rugir de sus horas como profesora y sus estudios de Mujer y género. Saltaban algunas chispas, posiblemente se trataba de aquella vez que trabajó para un jefe que le gritaba, era un mal nacido que regentaba la academia con más alumnos de la ciudad. Le había despedido por querer hablar con los padres de unos estudiantes que tenían muy mal comportamiento en clase. Los padres preferían tener a sus hijos bajo custodia durante una hora y no tener mayor problema.

Eran las ocho de la tarde de un domingo, el día antes de fin de año. Muchas familias preparaban una cena frugal con la idea de volver a inundar el estómago al día siguiente. Lola sacó un billete de avión de su bolso, destino a un país lejano, en formato electrónico. El fuego se estaba apagando, no había más que quemar; quizás el miedo, el desasosiego, la pasividad y la falta de ganas, pero tampoco eran mucho, prácticamente inapreciables.  

Era un día cualquiera, pero era el día antes de fin de año. El fuego se había apagado. Lola agarró una maleta pequeña, pero posiblemente tuviera que pagar exceso de equipaje. Exceso de decisión, exceso de entusiasmo, exceso de ganas de prosperar. Salió por la puerta con todo eso, sin más que eso. No era tarde, aunque fuera el día antes de fin de año.
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2 comentarios sobre “El día antes de fin de año

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  1. Son precisamente las voces del fracaso que más adelantan el reloj, para que suenen tus campanadas a la vez que las de ellos, con el tañir del fracaso. Bien es sabido qué clase de consuelo supone compartir la desdicha de la mediocridad…

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