EL DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS

Era el día de Acción de Gracias y llovía sobre la playa como si hiciera falta más agua para llenar las olas de manera urgente. Encerrados en treinta metros cuadrados, veían el desfile de Macy’s y buscaban en las ofertas del Black Friday aquel tocadiscos que ya quisieron comprar el año anterior. El perro, dormido de puro aburrimiento, ocupaba su cama y movía las orejas al son de las pisadas y la cuchara en el té.

Habían llegado hasta el low country con la firme intención de recuperar el mar y comer pescado, aunque fuera otro mar y otro pescado. Allá de donde venían, la ciudad los había convertido en personajes secundarios sobre un escenario con luces de baja intensidad, casi en lucha constante contra una rutina que esquivaba el patetismo a duras penas.

Era el día de Acción de Gracias y las horas, cada vez más mojadas, pesaban como maletas sin vaciar. Además, dos relojes de pared daban los segundos como si el tiempo estuviera a punto de agotarse. Pero no había urgencia, solo esa extraña, y a la vez placentera, sensación que aporta el haber hecho poco o nada de provecho. Al fin y al cabo, sabían que siempre podían abrir la puerta y escuchar la lluvia. Y contemplar el mar, repleto de futuros pescados.

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