Infiltrada en Infiltradas #Infiltradas #cifi #género

50091109_2288337408068454_3178313414363578368_nYa está aquí Infiltradas: Reflexiones sobre la narrativa de género desde la perspectiva de género. Yo participo con un artículo y próximamente podréis adquirirlo en la web de Palabristas.

Anuncios

Inteligencia artificial #relato #cifi #IA

Las voces de fondo se convirtieron en una suave melodía comparable al canto de los pájaros un domingo por la mañana. De momento, no sentía dolor y la sensación de dormidera tiraba de su falda para transportarla a un lugar menos cruel. El vaso de agua y el bote de pastillas presentaban sus respetos en perfecta alineación con el termo de té ya frío y el paquete de frutos secos ya manidos, pero a sus ojos se mostraban como un paisaje parcialmente difuso, parcialmente imperceptible. Hubiera sido mucho mejor haber hecho caso a Lydia y haberse cogido el día. Llamar poniendo un pañuelo sobre el auricular del teléfono para parecer que está tan enferma que mejor no ir porque contagiará a toda la ciudad.  Sin embargo, los mejores consejos de las mejores personas no son siempre bien recibidos, o sí lo son, pero son ignorados. Lo ignoró, como ignora el hecho de que debería pisar la consulta del médico pero su pánico se lo impide. Toda la vida dejando de hacer cosas por miedo, y haciendo otras como si fueran el mayor de los atrevimientos. Cruzar un puente, asomarse a la terraza de un piso trece o despertarse en medio de la noche e ir al baño cuando sus pulsaciones están tan aceleradas que seguro se va a desplomar y nadie se va a percibir de ello.

No era más que un día normal de una semana poco excepcional de un año anodino. Así viven muchas personas y no pasa nada. Vidas ordinarias orquestadas por un sistema aún más ordinario. Cuando su miraba volvió a enfocar, buscó las gafas y se las puso temiendo que las patillas rozaran sus sienes inflamadas, pequeños montículos de un Olimpo venido a menos. Entonces, las voces se fueron acercando y el murmullo de los pasillos creció. Para Ren la mañana había pasado sin darse cuenta, un ejemplo más de que la vida tiene lugar sin contar con ella. No era nada nuevo. Había ido a trabajar porque no le quedaban días de enfermedad y no estaba dispuesta a perder dinero. De repente, unos nudillos golpearon la puerta como si fuera 4 de julio, una explosión de efusividad mezclada con el jolgorio del fin de la jornada laboral. ¿Quién sería? No había quedado con nadie y no había dejado nada sin resolver a pesar de su malestar. ¿Sería Makie? Por muy buenas amigas que fuera no le apetecía verla. ¿Sería el mensajero? ¿Por qué no dejaba el paquete en recepción como le habían dicho millones de veces? ¿Sería…? Los golpes comenzaron a retumbar en su cabeza y el ruido de fondo desapareció de repente. Parecía que trescientas personas hubieran desalojado el edificio en un tiempo récord y solo quedaban ella y los golpes en su puerta. Como buenamente pudo, sacó de su saco de estados de ánimo un poco de enfado mezclado con indignación y se levantó para abrir la puerta. Si no lo hacía lo antes posible corría el peligro de ser aplastada por la misma. El sonido, que ocupaba todo su cuerpo, había pasado de nudillos a tambores de guerra y el despacho retumbaba en sus cuatro paredes, el techo y el suelo. Recompuso su falsa y tomó aire. Movió la mano y notó que casi no le dolía el brazo. Abrió la puerta con los ojos cerrados y deseó que todo acabara de una vez. Y así fue.

Cuando abrió los ojos no vio nada. El edificio estaba vacío y las luces esperaban encendidas a que ella lo abandonara. Entonces, aún aturdida y bastante contrariada, cogió su bolso y metió en él el bote de pastillas y el termo, dejando los frutos secos olvidados sin merecer otra oportunidad. A su paso, el pasillo suspiraba y las puertas se abrían para que saliera. Ya fuera, las luces se apagaron y las paredes pasaron del color gris que tenían durante el día a un azul celeste como el que aparecía en los folletos de la empresa. Luego, las ventanas se cubrieron con visillos blancos bordados y se escuchó un resoplido.  Parecía que Ren no era la única que necesitaba un descanso.

Podcast Poesía Incompleta

8e12c-poesia-incompleta-200Poesía Incompleta es un podcast que inicié en 2013 y que retomo cada cierto tiempo para añadir un episodio a la colección. Os recuerdo que podéis escuchar los episodios de este podcast sobre poesía desde las distintas plataformas que os enlazo a continuación:

Ivoox

iTunes

Podomatic

 

 

En la frontera #relato #frontera #cifi

Lucero caminaba como su madre, los pies ligeramente hacia afuera y el resto del cuerpo marcando un ritmo bamboleante como la música que más gustaba a sus antepasados. Las calles de Guatex estaban cubiertas de arena rojiza por culpa de la última tormenta, y ventanas y puertas permanecían cerradas a cal y canto para que el calor no se colase como una visita inesperada a la hora de la siesta. A veces, le gustaba pasear cuando nadie más lo hacía, quizás porque prefería la soledad, quizás para poder concentrarse en los claroscuros de su memoria, un lugar al que últimamente podía acceder por un camino hasta entonces desconocido. Caminaba hasta el parque desierto y se sentaba presionando sus sienes tan fuertemente que las cuentas de su pulsera tintineaban una melodía tubular y las corrientes circulares abrían un agujero en sus recuerdos. Deja que te ate los cordones, que te vas a caer.
En los últimos meses se había corrido el rumor de que era posible desactivar temporalmente el chip de memoria que les había sido implantado al llegar, pero nadie podía confirmar cómo hacerlo y si realmente lo habían conseguido. Lucero, que siempre escuchaba y callaba, era seguramente una de las pocas que comenzaba a tener ráfagas de memoria no implantada. El problema era qué hacer con esos hilos del pasado, inconexos y sin referencia presente alguna, que iban llegando cada vez más y más. No llores, todo va a salir bien.
El sol apretaba, pero Lucero sabía que a partir de ese momento empezaría a debilitarse como un dolor de cabeza atacado por un gramo de paracetamol. Afortunadamente, la temperatura bajaría lo suficiente como para seguir un rato más allí. Se había sentado en el borde de la única fuente del parque porque caía un chorro delgado de agua y podía meter las manos para refrescar sus sienes. Refrescar y volver a presionar. Solo tiene cuatro años, dejen que estemos juntas. Refrescar y volver a presionar. No llores, te prometo que nada malo te va a pasar. Refrescar y volver a presionar. ¡Mamá! Refrescar y volver a presionar, y el chorro de la fuente se para porque el agua escasea y las normas sobre su uso son muy estrictas. Aprovechando las últimas gotas en sus manos, las esparce por los brazos sintiendo un leve frescor tan efímero que casi se ha marchado antes de llegar. Aún recuerda cuando la fuente rebosaba y los niños jugaban a alcanzar los peces de colores. Niños y niñas que, bajo la tutela de familias adoptivas de la ciudad, poblaban las calles de futuro a costa de recuerdos falsos.
¡Hija! Un latigazo golpeó su frente. No era muy alta, un metro cincuenta y caderas en forma de papaya a punto de madurar. La mujer la abrazaba con todas sus fuerzas mientras unos señores con uniforme negro y armas de asalto intentaban arrancarla sin muchos miramientos. ¿Por qué de repente le resultaba familiar un recuerdo tan ajeno? ¿Cuáles eran sus verdaderos recuerdos y cuáles los implantados? Lucero dio un saltito para bajar de la fuente y se puso la falda bien porque siempre que se sentaba se le subía. Luego, suspiró como si todos los días fueran iguales. Miró el reloj de la plaza y sintió la premura de volver antes de encontrarse con Teresa, quien se dedicaba a atemorizarla cada vez que pasaba bajo su ventana.
Hija… pórtate bien con estos señores. Sintió un espasmo en la nunca y pensó que sería mejor seguir caminando para distraer al miedo. Su padre siempre le dijo que al miedo había que esquivarlo para que así nunca te alcanzara. Lucero había aprendido a sonreír cuando notaba que el pánico se iba a apoderar de ella. Una sonrisa forzada y su cerebro lograba engañar a todos los miedos posibles. Paso. Sonrisa. Paso. Sonrisa. Paso. Y a señora bajita le manda un beso empapada de sus propias lágrimas. Paso frenado y la sensación de pulsión en todo su cuerpo le dio ganas de vomitar. Pero no vomitó. Abrió los puños y reanudó el paso tan lentamente que casi no sentía el movimiento de sus pies. Casi no era consciente de sus dedos extendidos como una estrella de mar, ni su pelo comenzando a bailar con la primera brisa de la tarde. Casi no se percató de haber estado caminando tanto que llegó justo hasta el límite de Guatex. Allí, en la frontera, los cactus se defendían como buenamente podían, era su naturaleza, como la de todos aquellos que habían intentado llegar hasta allí y tuvieron que volver. Desposeídos de sus sueños y su único futuro, fueron devueltos después de inyectarles el suero del olvido. Era mucho más barato que el chip y hacía efecto el tiempo justo que tardaban en llegar a sus lugares de origen.
Hija…hija…hija…y Lucero recordó su camiseta roja sucia, sus pantalones negros rotos por las caídas y los cordones de los zapatos desatados que su madre ató justo antes de que se la llevaran los agentes de fronteras. Por un momento pensó en romper a llorar, luego quiso echar a correr, pero notó como unos brazos la rodeaban y se la llevaban hasta la vieja caseta que mostraba un cartel que decía Centro de Recepción de Visitantes de Guatex. No mostró resistencia, ya no era un cactus, y pudo ver como un agente se acercaba con un artilugio que parecía una pistola, pero que no lo era. Clic, y su cerebro se reinició. Entonces echó a llorar como una niña pequeña y empezó a gritar. ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá! No te preocupes, te llevaremos con ella ahora mismo.
Cuando llegó a casa, su madre la recibió con el miedo en el rostro y un vaso de limonada fría en la mano. Lucero respiró aliviada y abrazó a la mujer que tenía frente a ella sin hacerse preguntas porque ya tenía todas las respuestas. Éstas se habían quedado en la frontera.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑